martes, 16 de junio de 2009

El lago de las almas en celo...

El lago de las almas en celo...
Hace mucho pero que mucho tiempo, en un lugar sombrío y cruel de aquellos que ves en fotografías de antaño y duele su melancolía, hubo un lugar ajeno a cualquier cambio, a cualquier heroicidad y a cualquier fantochada del momento. Un lugar donde solo era pensable el placer absoluto y el goce extremo...
Ese lugar del que os hablo estaba cerca del puente de los suicidios ajenos. Ese puente era de un color azul que inspiraba paz y desconfianza. Simulaba un limbo y llevaba a pobres desgraciados a su salto final. Ese lugar del que os hablo estaba muy cerca y era muy contrario al puente. Allí no había ni paz, ni sosiego: solo se podía respirar deseo y depravación. Un azufre dulzón rodeaba las tierras del lugar…un azufre que olía a caramelo y que despertaba la sexualidad de quien era capaz de percibir su aroma.
Yo solo fui uno de los viajeros afortunados que pudo contemplar ese Paraíso mundano, lleno de colchones etéreos; lleno de eyaculaciones del color del marfil y lleno de sudor lascivo. Solo uno de los pocos afortunados que pudo beber de las aguas del lago de las almas en celo.
Cerca del lugar, había un convento de aquellos de clausura en los que el sol y la razón solo entran por debajo de las puertas. Un convento de esos de monjitas que quieren encomendar su alma a Dios teniendo al diablo tan cerca. Eran monjitas de aquellas que rezan 100 veces mientras el mundo fuera sigue su curso; que rezan y rezan mientras los párrocos se ocupan de vestir y desvestir a monaguillos inocentes.
Y cerca del lago también había un pueblo. Un pequeño pueblo honrado lleno de familias hambrientas y desdichadas; de esas familias que venden 3 manzanas por una hogaza de pan. Un pueblo donde todos se habían olvidado de soñar, de gozar…Solo vivían con el afán de vivir y de ceder sus ilusiones a la Iglesia para salvar sus almas pecadoras de pobreza.
Yo estuve en ese pueblo…pude también ver ese convento y ahora puedo contar lo que pasó.
Fue una tarde de abril, de esas que amenazan tormenta. Una gota cayó al suelo y las nubes vomitaron lluvia durante una semana. Si si, ¡Una semana! Y no lluvia de aquella que solo humedece las flores…no. Lluvia fina, amenazadora, fría, oscura.
La gente buscaba escondites por doquier…pero nadie estaba a salvo. Nadie menos yo, que escalé a lo alto de una montaña desnuda que se refugiaba de cualquier nube y temporal.
Y tras una semana de lluvia el lago de las almas en celo se hizo un mar tremendamente enorme...arrasando a golpes de sexo y lujuria todo lo que le pillaba cerca. La gente del mísero pueblo y del hastiado convento, pensaban que Dios se había enfadado con el ser humano. Pero era el diablo el que había enfurecido viendo mucha falta de perversión en las gentes de la zona.
El pecado ahora era una balsa que se extendía.¡Y el lago rodeó montañas, y coronó valles con semen de caramelo y azufre! ¡y dejó, en su costa más dulce y petulante, el pueblo de los desdichados y el convento de las puritanas! ¡Y las monjitas sucumbieron a la orgía sin desdén alguno! ¡y las familias honradas sucumbieron al placer y al deleite de un baile sexual desenfrenado! ¡Y hubo orgamos para todos! ¡Hubo sexo sin fin, sin ton ni son...sexo con cristo y sin cristo...con dilemas, sin perdón!
Tras semanas y semanas de orgía la gente desgastó sus almas en esa fiesta delirante e inoportuna. Y las almas de esas personas que se sentían míseras y de aquellas que vivían para Dios se unieron para siempre, bajo las aguas, a las almas que nunca cesaban en su fiesta bacchanal! Las aguas volvieron a su cauce y el lago se hizo pequeño hasta convertirse en un charco que se evaporó en el glande de la imaginación.
Aún siento la satisfacción de haber vivido ese momento y haberlo contado...
Como supondréis, yo solo era un mísero Voyeaur que desde esa montaña que me salvó de la lluvia practiqué el onanismo más plácido. Hoy en día me mantengo joven e inmortal para contar este cuento al mundo entero, generación tras generación. Me mantengo aquí como único testimonio y aún espero poder encontrar ese magnífico lugar de nuevo.
Cuenta la leyenda, que donde se hallaba ese convento, ese pueblo...y ese lago...ahora se haya el imperio religioso más poderoso del mundo. Que es allí donde la gente piensa que se haya la representación de Dios en la tierra, cuando lo que se esconde es la perdición más lasciva y carnal. No lo dudo. Dicen que donde se produjo dicho pecado nunca jamás reinaría más la pobreza ni la castidad ni la honra. Entonces...tiene que ser allí...



Rebeca Jabonero Avilés

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